Vestimenta poco práctica. Fría y calurosa a la vez. Unas solapas que ya no sirven para proteger el pescuezo, unos ridículos botones en las mangas que no abrochan nada, una diferencia evidente entre la prenda de confección o la de sastrería, ¡y además, no se puede meter en la lavadora!. La corbata, -ese toque de personalidad-, pues está pidiendo todo el rato que la aflojen; y floja, ¡da una pinta!. No sé, clasicismo lo llaman.
Uno suele vestir camiseta o sudadera y tejanos. Tengo una vieja americana, vale, pero sólo para acudir a iglesias y afines...
Recuerdo que en la época cuando trabajé de vendedor, un día hicimos la ruta con el gerente de ventas de la fábrica representada. Un maniquí del Corte Inglés, oye. Traje gris oscuro, corbata granate y camisa blanquísima. Me contó que usaba una camisa nueva por la mañana, la tiraba a la basura al mediodía y estrenaba otra por la tarde, ¡y otra más por la noche!. Blanquísimas he dicho, ¿de qué otra forma llamarlas?. ¡Despilfarrador!.
- ¡Buenas!, si tienes algún pedido, pásamelo por fax, que me he levantado gandúl, hoy.
- Estoy de mala hostia, que ha perdido el Barça. La próxima semana ya tendré algo de carnaza para los vendedores, mamones.
(Ese habitual ascazo de familiaridad comercial/cliente...).
Pues, esos inútiles de clientes, cuando llevé al trajeado, escucharon embobados sus rollos, y además, ese día, ¡acabé con la libreta de pedidos llena!.








