jueves, octubre 01, 2026

Crónica de un alquiler

 Hacía falta un local como el del cartelito "se alquila".

Se contactó con el propietario, el precio era correcto, pero la duración del contrato, no.

- Cinco años.

- En cinco años no se habrá amortizado el proyecto, la obra, la instalación etc. Veinte años.

- No pensaba alquilarlo por más de cinco.

- La nave está desnuda, hay que equiparla; va a llevar gasto a fondo perdido... Veinte años.

- Un término medio estaría por los diez, ¿Cómo lo véis?.

- (A regañadientes), venga, vale.

Pasaron los diez años y apareció el propietario con un nuevo contrato de un año de duración y algo más del doble de lo que se venía pagando religiosamente, con las debidas subidas anuales.

- ¡Vaya puñalada!. Igual necesitarás de nuevo el cartelito del alquiler...

- En diez años ha subido el precio de todo.

- Ha subido, como mucho, un treinta por ciento; mira nuestra facturación, la de nuestros proveedores.

- ¡Anda, que ganáis mucho dinero!.

- ¡Qué sabrás tú!.

Entiendo el cabreo de quien se encuentra en una situación parecida, y muchísimo más si nos referimos a una vivienda. Pero continuemos:

El dueño del local, un hombre mayor, solterón y solitario, frugal -casi asceta-; (a saber el envidioso de su entorno que le hinchó la cabeza con lo del dinero). El señor tomó la costumbre de venir al local casi a diario a trastear -con nuestra herramienta-, aparatos de su propiedad que decía estar estropeados. Y a "pegar la hebra". Hubo, al final del primer contrato, sí, una cierta familiaridad -principalmente por su parte-, que corté radicalmente a partir de la monstruosa subida del alquiler.

En unos meses enflaqueció, enmudeció, ¡y se suicidió!.

Pactamos un nuevo contrato con sus herederos. Razonable, esta vez.

Ni un minuto de mal cuerpo me dió esta historia...

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